sábado, 16 de diciembre de 2017

Margarite Yourcenar ( (Bruselas, Bélgica 1903-Bar Harbor, Estados Unidos 1987)

Fuegos 

Lo mismo ocurre con un perro, con una pantera o con una cigarra. Leda decía: “Ya no soy libre para suicidarme desde que me he comprado un cisne”. 

La muerte es un sacramento del que sólo son dignos los más puros: muchos hombres se deshacen, pero pocos hombres mueren. 

No puede construirse una felicidad sino sobre los cimientos de una desesperación. Creo que voy a ponerme a construir. 

Que no se acuse a nadie de mi vida. 

No soporté bien la felicidad. Falta de costumbre. En tus brazos, lo único que yo podía hacer era morir. 

Existe un plan general para el universo. Sólo salimos en los momentos sublimes. 

En el avión, cerca de ti, ya no le tengo miedo al peligro. Uno sólo muere cuando está solo. 

Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad.

Fuegos, Barcelona: Suma de Letras, 2000,
trad. de Emma Calatayud, pp. 29-30.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Emily Elizabeth Dickinson (Amherst, Massachusetts, 1830 - 1886)






670

No es necesario ser un cuarto - para estar embrujado -
ni una casa -
el cerebro tiene corredores - que superan
los lugares materiales -

vale más encontrar a la medianoche
un fantasma visible
que afrontar en el interior -
ese huésped más helado.

Vale más atravesar galopando una abadía
apedreado -
que encontrarse a sí mismo desarmado -
en un lugar solitario -

Ese uno mismo, detrás de uno mismo oculto -
debe sobrecogernos más -
el asesino escondido en nuestro apartamento
será un menor horror.

El cuerpo -busca un revólver -
pone cerrojo a la puerta -
presintiendo un fantasma superior -
o más -


Traducion Silvina Ocampo

670

One need not be a Chamber - to be Haunted -
One need not be a House -
The Brain has Corridors - surpassing
Material Place -

Far safer, of a Midnight Meeting
External Ghost
Than its interior Confronting -
That Cooler Host.

Far Safer, through an Abbey gallop,
The Stones a'chase -
Than Unarmed, one's a'self encounter -
In lonesome Place -

Ourself behind ourself, concealed -
Should startle most -
Assassin hid in our Apartment
Be Horror's least.

The Body - borrows a Revolver -
He bolts the Door -
O'erlooking a superior spectre -
Or More -





650

El dolor tiene un Elemento de Vacío:
no puede recordar
cuándo empezó – o si había
un tiempo en el que no existió –
No tiene Futuro – salvo sí mismo –
Su ámbito Infinito contiene
su Pasado – iluminado para percibir
nuevos Períodos – de Dolor.

650

Pain – has an Element of Blank –
It cannot recollect
When it begun – or if there were
A time when it was not –
It has no Future – but itself –
Its Infinite realms contain
Its Past – enlightened to perceive
New Periods – of Pain.

* Traducción por Juan Afanador y Santiago Ospina

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Juan Rodolfo Wilcock (1919, Buenos Aires , 1978, Lubriano, Italia )






La flor

Ya majestuosamente la noche se despliega
sobre todas las plantas.
Oh déjame besar tus manos,
tus labios, en la sombra.
Veo una hermosa flor entre los yuyos.



El inminente

Como la lluvia sobre el agua,
el cielo gris, las nubes,
todo desciende y huye.
Entre las olas cruza un ave oscura.
Oh déjame ver en tus ojos
un dibujo con palacios de cristal, con estanques
donde flotan las plantas!
He muerto ya de amor,
no existo, soy el aire,
estoy en torno tuyo.
Oh amante! Un nombre como el viento,
el color de los árboles, una rama
sobre tu frente suspendida; el tiempo,
el tiempo que tú quieras atravesar,
la época de las flores.



Enero

III
La luna desciende de los plátanos inmóviles. Quererte
no es más que un gran silencio en las corrientes
de la noche indecisa.
Si alguien, tal vez, pasara con tu rostro,
si me preguntaran algo con tu voz,
oh indiferente!, todo
caería de pronto en el espacio,
me verían extendido alrededor de los árboles,
encerrando sus troncos como la neblina del crepúsculo,
perdido en el fondo de las barrancas;
alejado
por donde pasa la noche.


IV
De nuevo en mí,
oscureciendo mi vista, levantando nubes
de polvo sobre un río dormido,
el amor,
como una flor cálida que se abre en mi pecho.
De nuevo solo, con una rama en la mano,
y envuelto por los círculos de un viento que se lleva el mundo
arrastrado, deshecho en pedazos grises.

Esperando, midiendo el curso de las estrellas,
cantando como si no tuviera un cuerpo
ni un nombre; desaparecido.




Del libro " Los Hermosos dias"

lunes, 27 de noviembre de 2017

Ricardo Güiraldes ( 1886, Buenos Aires ;1927, París )


  de Don Segundo Sombra...



Absorto por mis cavilaciones crucé el pueblo, salí a la oscuridad de otro callejón, me detuve en «La Blanqueada». Para vencer el encandilamiento fruncí como jareta los ojos al entrar al boliche. Detrás del mostrador estaba el patrón, como de costumbre, y de pie, frente a él, el tape Burgos concluía una caña.
 —Güenas tardes, señores.
 —Güenas —respondió apenas Burgos
 —¿Qué traís? —inquirió el patrón.
—Ahí tiene, Don Pedro
 —dije mostrando mi sarta de bagrecitos.
—Muy bien. ¿Querés un pedazo de mazacote?
—No, Don Pedro.
—¿Unos paquetes de La Popular?
—No, Don Pedro… ¿Se acuerda de la última platita que me dio?
 —Sí. —Era redonda.
 —Y la has hecho correr.
 —Ahá.
—Güeno… ahí tenés
 —concluyó el hombre, haciendo sonar sobre el mostrador unas monedas de níquel.
—¿Vah‟a pagar la copa?
 —sonrió el tape Burgos.
—En la pulpería‟e Las Ganas
—respondí contando mi capital.
 —¿Hay algo nuevo en el pueblo?
—preguntó Don Pedro, a quien solía yo servir de noticiero.
—Sí, señor… Un pajuerano.
—¿Ande lo has visto?
—Lo topé en una encrucijada, volviendo‟el río.
—¿Y no sabés quién es?
 —Sé que no es de aquí… No hay ningún hombre tan grande en el pueblo. Don Pedro frunció las cejas como si se concentrara en un recuerdo.
—Decime… ¿es muy moreno?
—Me pareció… sí, señor… y muy juerte. Como hablando de algo extraordinario el pulpero murmuró para sí:
—Quién sabe si no es Don Segundo Sombra.
—Él es —dije, sin saber por qué, sintiendo la misma emoción que, al anochecer, me había mantenido inmóvil ante la estampa significativa de aquel gaucho, perfilado en negro sobre el horizonte.
—¿Lo conocés vos?
—preguntó Don Pedro al tape Burgos, sin hacer caso de mi exclamación.
 —De mentas no más. No ha de ser tan fiero el diablo como lo pintan. ¿Quiere darme otra caña? —¡Hum!
 —prosiguió Don Pedro
—, yo lo he visto más de una vez. Sabía venir por acá a hacer la tarde. No ha de ser de arriar con las riendas. Él es de San Pedro. Dicen que tuvo en otros tiempos una mala partida con la policía. —Carnearía un ajeno.
 —Sí, pero me parece que el ajeno era cristiano. El tape Burgos quedó impávido mirando su copa. Un gesto de disgusto se arrugaba en su frente angosta de pampa, como si aquella reputación de hombre valiente menoscabara la suya de cuchillero. Oímos un galope detenerse frente a la pulpería, luego el chistido persistente que usan los paisanos para calmar un caballo, y la silenciosa silueta de Don Segundo Sombra quedó enmarcada en la puerta.
 —Güenas tardes —dijo la voz aguda, fácil de reconocer.
 —¿Cómo le va, Don Pedro? —Bien, ¿y usté, Don Segundo?


—Viviendo sin demasiadas penas, graciah‟a Dios. Mientras los hombres se saludaban con las cortesías de uso, miré al recién llegado. No era tan grande en verdad, pero lo que le hacía aparecer tal hoy le viera, debíase seguramente a la expresión de fuerza que manaba de su cuerpo. El pecho era vasto, las coyunturas huesudas como las de un potro, los pies cortos con un empeine a lo galleta, las manos gruesas y cuerudas como cascarón de peludo. Su tez era aindiada, sus ojos ligeramente levantados hacia las sienes y pequeños. Para conversar mejor habíase echado atrás el chambergo de ala escasa, descubriendo un flequillo cortado como crin a la altura de las cejas. Su indumentaria era de gaucho pobre. Un simple chanchero rodeaba su cintura. La blusa corta se levantaba un poco sobre un «cabo de güeso», del cual pendía el rebenque tosco y ennegrecido por el uso. El chiripá era largo, talar, y un simple pañuelo negro se anudaba en torno a su cuello, con las puntas divididas sobre el hombro. Las alpargatas tenían sobre el empeine un tajo para contener el pie carnudo. Cuando lo hube mirado suficientemente, atendí a la conversación. Don Segundo buscaba trabajo y el pulpero le daba datos seguros, pues su continuo trato con gente de campo, hacía que supiera cuanto acontecía en las estancias.
—… en lo de Galván hay unas yeguas pa domar. Días pasaos estuvo aquí Valerio y me preguntó si conocía algún hombre del oficio que le pudiera recomendar, porque él tenía muchos animales que atender. Yo le hablé del Mosco Pereira, pero si a usted le conviene…
—Me está pareciendo que sí.
 —Güeno. Yo le avisaré al muchacho que viene todos los días al pueblo a hacer encargos. Él sabe pasar por acá.
—Más me gusta que no diga nada. Si puedo iré yo mesmo a la estancia.
—Arreglao. ¿No quiere servirse de algo?
—Güeno —dijo Don Segundo, sentándose en una mesa cercana
—, eche una sangría y gracias por el convite. Lo que había que decir estaba dicho. Un silencio tranquilo aquietó el lugar. El tape Burgos se servía una cuarta caña. Sus ojos estaban lacrimosos, su faz impávida. De pronto me dijo, sin aparente motivo:
—Si yo juera pescador como vos, me gustaría sacar un bagre barroso bien grandote. Una risa estúpida y falsa subrayó su decir, mientras de reojo miraba a Don Segundo.
 —Parecen malos —agregó—, porque colean y hacen mucha bulla; pero ¡qué malos han de ser si no son más que negros! Don Pedro lo miró con desconfianza. Tanto él como yo conocíamos al tape Burgos, sabiendo que no había nada que hacer cuando una racha agresiva se apoderaba de él. De los cuatro presentes sólo Don Segundo no entendía la alusión, conservando frente a su sangría un aire perfectamente distraído. El tape volvió a reírse en falso, como contento con su comparación. Yo hubiera querido hacer una prueba u ocasionar un cataclismo que nos distrajera. Don Pedro canturreaba. Un rato de angustia pasó para todos, menos para el forastero, que decididamente no había entendido y no parecía sentir siquiera el frío de nuestro silencio.
 —Un barroso grandote —repitió el borracho—, un barroso grandote… ¡ahá!, aunque tenga barba y ande en dos patas como los cristianos… En San Pedro cuentan que hay muchos d‟esos ochos; por eso dice el refrán: San Pedrino el que no es mulato es chino. Dos veces oímos repetir el versito por una voz cada vez más pastosa y burlona. Don Segundo levantó el rostro y como si recién se apercibiera de que a él se dirigían los decires del tape Burgos comentó tranquilo:
—Vea, amigo… vi‟a tener que creer que me está provocando. Tan insólita exclamación, acompañada de una mueca de sorpresa, nos hizo sonreír a pesar del mal cariz que tomaba el diálogo. El borracho mismo se sintió un tanto desconcertado, pero volvió a su aplomo, diciendo:
 —¿Ahá? Yo craiba que estaba hablando con sordos.
—¡Qué han de ser sordos los bares con tanta oreja! Yo, eso sí, soy un hombre muy ocupao y por eso no lo puedo atender ahora. Cuando me quiera peliar, avíseme siquiera con unos tres días de anticipación. No pudimos contener la risa, malgrado el asombro que nos causaba esa tranquilidad que llegaba a la inconsciencia. De golpe el forastero volvió a crecer en mi imaginación. Era el «tapao», el misterio, el hombre de pocas palabras que inspira en la pampa una admiración interrogante. El tape Burgos pagó sus cañas, murmurando amenazas. Tras él corrí hasta la puerta, notando que quedaba agazapado entre las sombras. Don Segundo se preparó para salir a su vez y se despidió de Don Pedro, cuya palidez delataba sus aprehensiones. Temiendo que el matón asesinara al hombre que tenía ya toda mi simpatía, hice como si hablara al patrón para advertir a Don Segundo: —Cuídese. Luego me senté en el umbral, esperando, con el corazón que se me salía por la boca, el fin de la inevitable pelea. Don Segundo se detuvo un momento en la puerta, mirando a diferentes partes. Comprendí que estaba habituando sus ojos a lo más oscuro, para no ser sorprendido. Después se dirigió hacia su caballo caminando junto a la pared. El tape Burgos salió de entre la sombra y creyendo asegurar a su hombre, tirole una puñalada firme, a partirle el corazón. Yo vi la hoja cortar la noche como un fogonazo. Don Segundo, con una rapidez inaudita, quitó el cuerpo y el facón se quebró entre los ladrillos del muro con nota de cencerro. El tape Burgos dio para atrás dos pasos y esperó de frente el encontronazo decisivo. En el puño de Don Segundo relucía la hoja triangular de una pequeña cuchilla. Pero el ataque esperado no se produjo. Don Segundo, cuya serenidad no se sabía alterado, se agachó, recogió los pedazos de acero roto y con su voz irónica dijo:
 —Tome, amigo, y hágala componer, que así tal vez no le sirva ni pa carniar borregos. Como el agresor conservara la distancia, Don Segundo guardó su cuchillita y, estirando la mano, volvió a ofrecer los retazos del facón:
—¡Agarre, amigo! Dominado el matón se acercó, baja la cabeza, en el puño bruñido y torpe la empuñadura del arma, inofensiva como una cruz rota. Don Segundo se encogió de hombros y fue hacia su redomón. El tape Burgos lo seguía. Ya a caballo, el forastero iba a irse hacia la noche; el borracho se aproximó, pareciendo por fin haber recuperado el Don de hablar
: —Oiga, paisano —dijo levantando el rostro hosco, en que sólo vivían los ojos—. Yo vi‟a hacer componer este facón pa cuando usted me necesite. En su pensamiento de matón no creía poder más, como gesto de gratitud, que el ofrecer así su vida o la de otro.
—Aura deme la mano. —¡Cómo no! —concedió Don Segundo, con la misma impasibilidad con que hoy aceptaba el reto—. Ahí tiene, amigo. Y sin más ceremonia se fue por el callejón, dejando allí al hombre que parecía como luchar con una idea demasiado grande y clara para él. Al lado de Don Segundo, que mantenía su redomón al tranco, iba yo caminando a grandes pasos.
 —¿Lo conocés a este mozo? —me preguntó terciando el poncho con amplio ademán de holgura. —Sí, señor. Lo conozco mucho. —Parece medio pavote, ¿no?

domingo, 19 de noviembre de 2017

Marc Chagall (1887, Liozna, Bielorrusia ;1985, Saint-Paul-de-Vence, Francia )







Hacia altos portales

 
Sólo es mío
el pueblo que está en mi alma.
Entro allí sin pasaporte
como en mi casa.
El sabe mi tristeza
y mi soledad.
El me depara el sueño
y me cubre con una piedra
perfumada.
 

En mí florecen jardines.
Mis flores son inventadas.
Las calles me pertenecen
pero no hay casas;
fueron desde la niñez destruidas
Sus habitantes vagan por el aire
en busca de alojamiento.
Pero viven en mi alma.


He ahí por qué sonrío
cuando mi sol apenas brilla,
o lloro
como leve lluvia en la noche.


Hubo un tiempo en que yo tenía dos cabezas.
Hubo un tiempo en que mis dos rostros
se cubrían de un vapor enamorado
y se desvanecían como el perfume de una rosa.


Hoy me parece
que aun cuando retrocedo
voy hacia adelante,
hacia un alto portal
detrás del cual se yerguen los muros
donde duermen truenos extinguidos
y relámpagos plegados.


Sólo es mío
el pueblo que está en mi alma.


traductor desconocido tomado ( aunque levemente corregido ) del blog  http://letras-uruguay.espaciolatino.com/e/chagall_marc/solo_es_mio.htm